Lo que se ha podido comprobar es la alta capacidad de Japón para enfrentarse a los terremotos y el civismo y la disciplina admirables del pueblo japonés. Ni un grito, ni un saqueo, ni siquiera un acto de mala educación se han podido contemplar en un pueblo que ha sufrido una catástrofe extraordinaria y que se ha comportado de una forma ejemplar.
Si el terremoto seguido de maremoto se hubiera producido en España, el espectáculo hubiera resultado muy diferente. Seguramente, los ecolojetas habrían cercado las centrales nucleares y los nacionalista catalanes y vascos habrían gritado que en situaciones así, se descubre por qué es obligada la salida independentista; para acto seguido conseguir que la parte de las ayudas públicas cayera en sus manos, aunque hubiera sido Granada la provincia más dañada por el terremoto y Cádiz y Huelva por el maremoto.
Habríamos contemplado el desplome de centenares de edificios, el asalto y saqueo de los comercios, supermercados y domicilios abandonados y a una incompetencia más que generalizada de políticos (echándose la culpa unos a otros, culpando a Franco y a “Islero”, etc.), autoridades, etc. Por supuesto, con algunos casos puntuales de heroísmo y arrojo de policías, bomberos y ciudadanos de a pie, todas ellas excepciones extraordinarias, pero no ocultarían el marasmo generalizado. Las catástrofes naturales pueden afectar a todos los pueblos, pero unos pueden reaccionar ejemplarmente, como están haciendo estos días los japoneses y otros como hemos visto en otras catástrofes de forma anárquica y salvaje.
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